1.- ¿Qué ha supuesto para una joven cineasta llevar “Luisa no está en casa” a La Mostra?

Es una experiencia especial e inolvidable. Es empuje, reconocimiento, aprendizaje y visibilidad, una gran oportunidad, sin duda. En tiempos tan difíciles para los jóvenes cineastas, y para los jóvenes en general, estar en Venecia como única representación española me hace pensar en la necesidad -más que nunca ahora- de que escuchemos, cuidemos y apoyemos a nuestras nuevas voces, de que nos las tomemos en serio. Si internacionalmente se abren las puertas para que un proyecto pequeño e íntimo, como es el de Luisa, llegue a un lugar con tanta historia como la Mostra, por favor, que no se cierren las puertas de casa a la cultura. En este cortometraje la imagen de la puerta de casa cobra mucha importancia, la puerta para entrar, pero también la puerta para salir, para encerrarse o para escapar, para separar y también para unir. Ahora, con apenas unos días de distancia y tras haber vuelto a pisar el suelo sin alfombra roja, no puedo evitar pensar en una imagen sin posición fija de una puerta y una casa, es la imagen de mi propia generación.

2.- La historia de Luisa es la de muchas mujeres de esa generación ¿cómo se te ocurrió la idea?

La historia de Luisa es la historia de una pequeña rebelión doméstica y de la posibilidad de redefinir un espacio viciado. La idea surge a partir de una imagen, un bote escondido en un cajón, bajo unas sábanas limpias, que contiene las monedas que han sobrado de la compra y que no se le han devuelto al marido. Luisa, como tantas otras mujeres de una generación, es ese bote escondido, que ha construido el hogar desde el silencio y la sumisión, que ha pensado siempre en todos lo demás y se ha olvidado de ella. “Luisa no está en casa” surge de un deseo personal de darle voz a esa renuncia porque, por muy mayor que uno sea, nunca es tarde para aprender a decir “no”.

3.- Es difícil expresar casi sin palabras esos sentimientos y situaciones, ¿qué es lo que te costó más trabajo?

Tenía muy claro que quería hacer una película casi muda; al contar la historia de una mujer que ha claudicado a su propia voluntad, necesitaba construir un universo sonoro lleno de silencios para que el peso de la palabra tuviera un eco. Recuerdo darle vueltas y vueltas a las cuatro frases que dicen los personajes, cada vez que leía los diálogos los iba cambiando, intentando buscar la forma más breve de decir lo mismo, obsesionada por encontrar una única palabra que lo pudiera expresar todo, hasta llegar al gesto mínimo, al silencio. El trabajo de escritura de diálogos es un proceso de depuración, una especie de vómito que debes limpiar. Después, cuando trabajas con los actores, esa obsesión por reducir la palabra al gesto, se convierte en otra obsesión: encontrar el gesto preciso, sutil, natural, no sobreactuado y, desde luego, significativo. Creo que en estos matices es donde está el trabajo más delicado de dirección y, a la vez, el más interesante.

4.- Trabajas en Barcelona, ¿es difícil trabajar en cine en la provincia de Sevilla? ¿te gustaría rodar en tu tierra?

Decidí marcharme a Barcelona el último año de la carrera, sin planear demasiado lo que vendría después. Sabía que quería trabajar en el cine y seguir estudiando. Cuando te das cuenta, han pasado los años y miras atrás con un poco de nostalgia y duda; nunca llegué a probar suerte en Sevilla y si volviera tendría que empezar de nuevo allí. La situación ahora es difícil en todos los lugares, pero desde luego que me gustaría rodar algún proyecto en mi tierra. De hecho, me interesa mucho la reflexión sobre el espacio, sobre la ausencia y el recuerdo, esto es algo que surge de manera natural cuando te alejas de los lugares cotidianos. Tengo por ahí algunas ideas que tienen que ver con todo esto y que, sin duda, necesitan ubicarse en lugares concretos.

5.- ¿La participación en la Mostra ha confirmado las ganas de dedicarse al cine?

Las ganas estuvieron siempre, desde muy niña, como un gusanillo hambriento dentro del estómago. Venecia te da seguridad, impulso, fuerza, te ayuda a ser más peleona, porque para dirigir hay que tener un poco del espíritu del guerrero, no rendirse nunca. Venecia (y todos los pasos previos que me han llevado allí -que nos han llevado allí, esto es un trabajo de y gracias a un equipo) ha sido una gran oportunidad para aprender muchas cosas, entre ellas, valorar de una manera muy consciente el sentido de las decisiones tomadas.